domingo, 20 de junio de 2010

No tenía miedo a las dificultades: lo que la asustaba era la obligación de tener que escoger un camino.
Escoger un camino significaba abandonar otros.

Lo que ahoga a alguien no es caerse al río, sino mantenerse sumergido en él.

viernes, 18 de junio de 2010

Arriesgarse.


Reír es arriesgarse a ser tonto.
Llorar es arriesgarse a parecer sentimental.
Buscar a otro es arriesgar involucrarse.
Exponer los sentimientos es arriesgar a exponer tu propio yo.
Exponer tus ideas y sueños ante una multitud, es arriesgar su pérdida.
Amar es arriesgarse a no ser amado.
Vivir es arriesgarse a morir.
Tener esperanza, es arriesgarse a una decepción.

Las personas que no arriesgan nada, no son nada.

Ellas pueden evitar el sufrimiento y la pena, pero no pueden
aprender, sentir, cambiar, crecer, vivir o amar.

Hay voces que no callan si las sabes escuchar..


La única causa perdida es la que se abandona.

jueves, 10 de junio de 2010

Ya no tengo miedo cuando no entiendes la ironía de mis palabras.
No puedes correr, no puedes esconderte, no hay modo de escapar de los sentimientos.

sábado, 5 de junio de 2010

*

¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida?
Pues no ser imbéciles.
La palabra «imbécil» es más sustanciosa delo que parece, no te vayas a creer.
Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. El bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aun que tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa

d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se
ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos.
Conclusión: ¡alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona!
Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que a menudo se llama ser «imbécil», es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender la trigonometría o ser incapaz de aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer. Desde luego, para evitar la imbecilidad en cualquier campo es preciso prestar atención, y esforzarse todo lo posible por aprender. En estos requisitos coinciden la física o la arqueología y la ética. Pero el negocio de vivir bien no es lo mismo que el de saber cuánto son dos y dos. Saber cuánto son dos y dos es cosa preciosa, sin duda, pero al imbécil moral no es esa sabiduría la que puede librarle del gran batacazo.

jueves, 3 de junio de 2010

El problema esta en INTENTAR tirar el dado demasiadas veces, el que juega con fuego se acaba quemando...

Unas veces se gana y otras se pierde, pero antes hay que tirar los dados, y si lo haces, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Todo esto también ocurre en el ámbito del amor, pero en este el juego es ligeramente distinto.

Aquí todo el mundo tira los dados cada vez que se enamora de alguien y lo único que se juega es tu felicidad, tu corazón y tu alma.

Cada vez que tires los dados, ganarás o perderás felicidad, así que sé precabido y mira qué cartas tienes en tu mano antes de empezar la siguiente jugada, y nunca te precipites, que el azar y las prisas son malos compañeros.

Así que el amor, no es ni seguro ni imposible, sinó tan solo probable.